Sus caras se encuentran muy cerca, mirandose a los ojos. Ella repara en el ojo derecho de él, mientras éste mira al ojo izquierdo de ella. Respiran sus propias respiraciones. Por fin uno de los dos decide acercarse un poco más.
Están en el coche, aparcado justamente frente al bloque de ella. En el coche, y este como si de un escenario se tratase, se convierte en el teatro que mostrará la última obra, el último pase. Nadie la vería, nadie volvería a saber nada de esto. El coche prefiere tomar un camino a un lugar de nadie, donde no hay espectadores. Allí se empañan los cristales y los te quieros flotan en el aire.
Todo acaba con un adiós camuflado de hasta luego. Es el fin pero ella aun no lo sabe.
ACCIÓN
— Tengo que irme
— ¿A dónde?
— No puedo decirtelo
— Pero... ya no me quieres
— Claro que te quiero... Te quiero... –no puedo creer que lo esté diciendo, aunque sea todo ficción–
— ¿Volverás?
— No sé, no lo sé...
— Pero...
— Escucha, te escribiré. Cada 15 días recibirás una carta en tu buzón con noticias mías. De todo lo que hago y lo que no hago. De lo que te quiero y de lo mucho que te echo de menos. De verdad, lo haré. Y cuando vuelva, volveremos a estar como estamos ahora. Lo prometo
— Per...
— No te preocupes, regresaré. Te quiero. –y ella le besa en la mejilla.
CORTEN
Se montan en el coche hacia el bar de enfrente de donde ella estudia. Toman una, dos y tres cervezas. Y una vez más, y esta vez sería decisivo, se despiden sin aquellos tiernos besos...
— ... ¿ya no me besas?
— Vamos para allá.
Él la coge de la mano y no le responde nada. La lleva por pequeñas calles huyendo de la gente. Calles que para ella se hacen eternas, esperando una respuesta o un beso. Pero pasan y pasan y no acaba.
— Verás, hace tiempo que quería hablar contigo. No sé, considero que tenemos confianza y que debería contartelo. Hace unas semanas conocí a una chica.
— ... si yo lo sabía –pensó.
— Y bueno... eh... no llores.
— ...
— Y bueno, quería contartelo.
— ... pero... ¿esto es el fin?
— Claro que no... no... vamos, no.
— Y entonces, ¿por qué no me besas?
— Bueno... pero, yo estoy con esta chica y...
— Me has dicho que no era el final...
— No es el final, claro que no... seguiremos quedando, no sé.
— Lo sabía.
Ella se abalanza sobre su costado y se refugia allí. Comienza el primero de los cientos de lágrimas que quedarán por derramar. Entre susurros ella se atreve a decir, por primera vez después de un año:
— Te quiero.
— Y yo.
— ¿Y por qué no te quedas conmigo? –piensa ella, pero prefiere callar.
— Si te sirve de algo... yo lo hubiera dado todo por tí.
— ...
— ...
— ¿Has dicho hubiera no?
— Sí...
— Ya.
— Pero "hay más peces en el mar"
— Pero el mar está contaminado, lo sabes.
— Bueno...
Y así pasaron los minutos y ella abrazada a uno de sus brazos. Lo agarraba como si fuera lo único que le quedara en el mundo. Un brazo lleno de lágrimas y de trozos de ella misma. Y él miraba sin saber muy bien que hacer mientras sorbía los últimos restos del café con leche.
— ...y entonces aparecía, de entre las sombras, un personaje real... blablablabla... – y ella pensó que no podía estar contandole un final.
— ¿Sabes? No quiero ser borde, pero contar películas es un síntoma de que ya no tienes nada que decirme...
— No tia, es que venía al caso.
— Ya...
— Oye, se me hace tarde, creo que tengo que irme
— Volvió a pasar... –pensó ella.
Y caminaban hacia el coche, y esta vez sin quererlo sus manos rozaban y se alejaban al instante: con ira, con furia... con nostalgia de lo que una vez fueron.
— ¿Qué tal?
— Solo iba a buscar otra cerveza...
— Yo ando liadisimo, he salido un rato, para descansar. Ya sabes.
— ...
— ¿Bueno qué? No sé, cuentamé como te va todo...
— Nada... como siempre.
— Si, ahora voy –grita a alguien que ella desconoce.
— Me voy, no aguanto más mirandote a los ojos.
Y ya ni si quiera es capaz de rozarle la mano, como un día acordaron que harían. Él sigue riendo, ella camina rápido y, escondida entre borrachos, pierde la sonrisa.